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Compartir mi mesa en fraternidad e igualdad

Siento que este año pasó veloz, que me faltaron meses, alguien se los comió. Ya estamos en diciembre ‘de golpe y porrazo’, y creo que todos deben estar sintiendo lo mismo.  Este tiempo, que es casi un ritual de separar los años para comenzar a escribir en una página en blanco, es un buen momento para sentarse, respirar profundamente, mirar a alrededor y exhalar largo.

¿Qué me ha pasado este último tiempo? ¿Qué ha cambiado? ¿Qué he aprendido? Lo peor de una crisis es no aprovecharla para ver lo que no podía antes, cuando la rutina me absorbía.

Durante mi crisis personal la pasé cocinando y un día necesité urgentemente saborear mi comida de infancia, así es que llamé a mi madre y la interrogué sobre como cocinar charquicán, tomaticán, mote con huesillos (sólo como ella lo sabe hacer), arroz con papas y tomate bien sopeado con un pan. Así fui pasando mis preocupaciones entre olores y sabores que me llevaban a cerrar los ojos y ponerme feliz.

¿Qué hay en esos platos que los necesitaba?  Hay pura simpleza y sencillez. Eso necesitaba, nada más.

No nos confundamos: en lo sobrio y elemental se pueden encontrar grandes tesoros también. Esos tesoros que nada ni nadie podrá pagar jamás, ni ningún restaurante ‘Michelin’igualará.  Quienes tenemos la suerte que nos haya tocado una mamá, abuela o papá que nos abrazara con la comida lo podemos contar; sino es así, nunca es tarde para desarrollarlo nosotros mismos para nuestros hijos, hijas y familia entera.

Se acercan fechas emotivas que nos mueven interiormente aún más,  nos piden y empujan a desarrollar y trabajar el respeto, la paciencia y el entendimiento. Y, ¿por qué no todo lo anterior cocinarlo? Esto, respetando los ingredientes que elegiré, buscando en el comercio justo y local. La paciencia es para hacer esa búsqueda y sostenerla en el tiempo y entender el porqué de los cambios; así los dispondremos sobre la mesa para cortar, pelar, saltear, asar y así vamos con la vida misma, poniéndole sazón. Debemos comer algo que nos congregue con familia y amigos para abrazarnos, y sentir en ese momento que somos fuertes, que nos sostenemos en nuestras diferencias y que nos amamos sean cuales sean aquellas.

Abrir la puerta

¿Qué querrás cocinar en estas fiestas? Podrías cerrar los ojos,  pensar y  urgar en la memoria un plato sensible para ti, un plato sencillo para que, aparte de compartirlo con el entorno cercano,  puedas hacerlo con alguien más, alguien que esté en soledad, alguien enfermo, alguien que está en algún lugar por ahí y que sin buscarlo aparece cual Cristo a golpearte la puerta.

Así viene a mi memoria Don Juan, un hombre mayor, ya anciano, cuya mente viajaba ya fuera de este mundo y que, de tanto en tanto, iba de traje y corbata ya ajada por el tiempo y el uso, a tocar el timbre de mi casa para que le diera almuerzo; no hacía falta preguntarle porque pedía comida. La pedía y eso era suficiente.

La primera vez dudé, pero no podía dejar comiendo a alguien en el suelo, fuera de la casa, así es que de ahí en adelante comió en mi mesa. Después de meses, un día me dejó su foto de carnet y me dijo: “se la dejo para que me recuerde”.  No volvió más,  pero no me faltó la foto para recordarlo y sentir que tanto él y yo nos encontramos y miramos, aunquefuera un momento, conviviendo en la mesa y siendo dignos: él, por sentirse acogido no como caridad sino como derecho, y yo, porque en el servir sentía que se podía, aunque fuera en un respiro, dar en agradecimiento por tener techo y comida.

No tengamos miedo de abrir la puerta. La dignidad es un valor inherente al ser humano, no es una cualidad otorgada por nadie, sino consustancial al individuo. No lo olviden. Pensemos en una comida digna, simple y fraterna para la mesa de Chile.

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